miércoles, enero 26

Sobretodo de Madera

No ví a Penélope al partir, supongo que tampoco esperará por mí al regresar. Tal vez sea mejor, ¿quién asegura quer vuelva?...además... no sabría decirte qué más.
Tampoco puedo suponer que el perro que hasta ayer me abrazaba, hoy no me ladre.
El Sol ya de por sí no solo cae pensando que es su última vez, sino que en sí lo hace abruptamente, se ensaña en mi piel, quemando, doliendo. Después, me abandona, me deja la Luna y ella, no sabe leerme cuentos para dormir. Así mi desesperanza aumenta...
Las pocas monedas que llevo se reparten el inmenso espacio de mi bolsillo. Debería pensar muy bien dos veces (quizás infinitas veces) antes de separarlas. Bregar porque sus efímeras vidas a mi lado cobren un sentido ulterior, algo que las justifique en esta vida insignificante. No sé, una llamada, un cigarrillo... un caramelo, una limosna...algo mejor...

Vagos ecos de voces husmean por los pasillos del tren, todas se acercan o alejan. Pasan sin detenerse ni a saludar. A nadie le importa ya. Solamente el ruido del acero raspando las vías obsequia un motivo para no pensar en lo que quema el Sol.

Cartas. ¿Escribiría una carta? Y aunque así fuera no tendría lector. La hallarían, sí, pero... temo pensar en que equívocas manos podría caer mi manuscrito. El tren se mueve impidiéndome la acción, mejor lo olvido... al fin y al cabo, no querría hacerlo.

Penélope no está. Hay algunos viejos amigos, ninguno que me reconozca ya. Y una puerta dorada e inmensa se abre mientras una voz me signa el destino.

Ahora caigo por un túnel sin saber si cae o se eleva. No existe gravedad aquí, más allá de las nubes. Ni me importa, pero no sé a dónde iré a parar....

1 comentario:

Santi dijo...

Donde andara la penelope?